Pese a que la gran mayoría de los investigadores no logran coincidir sobre puntos básicos del origen de nuestra danza, es de común acuerdo que el tango es un híbrido, hijo de una sociedad argentina (1860-1880) conformada por indígenas, negros, mulatos, criollos e inmigrantes. En este marco mientras la población negra gozaba al ritmo del candombe, los blancos disfrutaban con las polkas, habaneras, mazurcas y valses. Es entonces el compadrito, quien aúna los movimientos quebradizos de los negros, con el baile enlazado propio de los ritmos europeos.
Surge, así la MILONGA (así era como se llamaba a los lugares de danza). Sin embargo, debido a que esta danza frenética agotaba tanto a bailarines como a músicos pasadas unas horas, aminoró progresivamente su marcha dando lugar al tango que tanto nos caracteriza. Entonces, por más curioso que suene: LA DANZA PRECEDE A LA MÚSICA, dado que los bailarines utilizaban figuras ya inventadas sobre un ritmo aun en formación. Se cree que esta transición cultural duró cuarenta años aproximadamente hasta que se afianzó como un género plenamente constituido. Cabe destacar que el bandoneón, que le dio ese toque inconfundible al tango, recién llegaría allá por el 1900, en las valijas de los inmigrantes alemanes.
Se trató en sus orígenes de una música popular, nacida en los suburbios, “arrabalera”, rechazada y prohibida por las clases altas y la Iglesia Católica, por lo que era protagonista en los puertos, cárceles, prostíbulos y bodegones.
Hoy es una danza reconocida, admirada por su expresividad y belleza artística, que se encuentra en un momento de auge en todas partes del mundo.
